
Inteligencia y darwinismo social
El movimiento conservador norteamericano, como le gusta a sus progenitores llamarlo, está al presente montando un ataque frontal feroz al Darwinismo aunque por otro lado ha aceptado a plenitud el hijo ilegítimo de Darwin, el Darwinismo social. En cierta forma, aunque estas posiciones puedan parecer inconsistentes e irreconciliables, las une un profundo desdén por la ciencia, la lógica y la realidad. En el Origen de las especies, publicado hace 150 años, Charles Darwin acumuló evidencias de que la humanidad evolucionó a través de los tiempos de formas de vida más simples por un proceso que él llamó “selección natural”. La “ocupación” de los comités escolares locales y estatales por los “conservadores” ha dado como resultado que en Kansas, por ejemplo, los nuevos estándares de biología señalan que la evolución es una “teoría controversial”. El Darwinismo social fue desarrollado unos treinta años después del famoso libro de Darwin por un pensador social llamado Herbert Spencer. Extendiendo a Darwin hasta un terreno al cual Darwin nunca intentó entrar, Spencer y sus seguidores veían la sociedad como una lucha competitiva donde solamente aquellos de mayor fortaleza moral debían sobrevivir, de lo contrario, la sociedad se debilitaría. Fue Spencer, no Darwin, quien acuñó la frase “supervivencia del más fuerte”. El Darwinismo social por lo tanto ofrecía una justificación moral perfecta para la “Era Dorada de América” en la que los capitalistas inescrupulosos controlaban la industria americana, la brecha entre ricos y pobres se convertía en un abismo, los barrios urbanos degeneraban y los políticos eran comprados por los poderosos. El Movimiento Conservador moderno se ha aferrado al Darwinismo social con no menos fervor con que ha condenado el Darwinismo. El Darwinismo social da una justificación moral para rechazar el seguro social universal y apoyar el recorte de impuestos para los ricos. “En América”, dice Robert Bork, “los ricos son abrumadoramente personas—empresarios, pequeños ejecutivos, ejecutivos de corporaciones, doctores, abogados, etc., —quienes obtienen más altos ingresos como fruto de su inteligencia, imaginación y trabajo arduo”. Según este pensar, cualquier transferencia de fortuna de ricos a pobres, a través de ayuda social a los necesitados, por lo tanto debilita la fábrica moral de la nación. Permítale al rico virtuoso conservar más de sus ganancias y pagar menos impuestos, y será más virtuoso aún. Si la humanidad no evolucionó de acuerdo a la lógica Darwinista, y en su lugar comenzó con Adán y Eva, entonces parece imposible que la sociedad evolucionara de acuerdo a la lógica de supervivencia-del-más-fuerte que profesa el Darvinismo social. Que la mente conservadora tolere tal disonancia cognitiva es apabullante, pero no es tan remarcable como los intentos de los voceros conservadores tales como las páginas editoriales del Wall Street Journal y del Weekly Standard de tratar de convencer a los lectores de que el movimiento conservador es intelectualmente coherente. La única consistencia entre los ataques al Darwinismo y su aceptación del Darwinismo social es la necedad que ambos expresan. El Darwinismo es correcto. El Darwinismo social, mientras tanto, es una tontería. Los científicos sociales han entendido por mucho tiempo que el estatus económico de uno en la sociedad no es una función de su valía moral. Una democracia peligra cuando una gran cantidad de sus ciudadanos dan sus espaldas a los hallazgos científicos. En un tiempo en que entre las naciones más avanzadas los niños norteamericanos van quedando atrás académicamente, especialmente en las ciencias; cuando la competencia global se intensifica y cuando el ingreso medio de los norteamericanos permanece estancado y la categoría de los pobres aumenta, estas ideas, propagadas por el llamado Movimiento Conservador, están impulsando al país rápidamente hacia atrás.
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